domingo, 29 de junio de 2014

Querida Ana María.



Querida Ana María:
La verdad es que nunca había hecho esto, lo de escribir a alguien importante para mí que se va, y eso que ya se han ido unos cuantos. Como ellos, serás objeto de biografías, semblanzas y análisis, muchos y muy bien hechos; sin embargo, lo primero en que pensé cuando me enteré de que ya no podría verte, fue aquella única vez que te tuve cerca, físicamente me refiero. En aquel momento no me atreví a acercarme, ni a decirte nada. Para qué, si mis palabras, iguales a tantas otras que te habrían dicho, no iban a poder devolverte ni una mínima parte de lo que me has dado tú con tus libros. Pero ahora te has ido y, aunque me parece lamentable todo el sepelio de elogios que suele acompañar al sepelio real, la mayoría vacíos y porque lo requieren las circunstancias, creo que te lo debo; alguna vez tenía que escribirte, y no es esta ocasión peor –ni mejor- que cualquier otra.
Debo confesar que no recuerdo cuál fue la primera vez que te leí, ni de cuándo me di cuenta de cuánto iba tu mundo a fortificar y embellecer los cimientos del mío. Simplemente, un día estabas ahí. Las pesquisas sobre tu vida y tu obra, la voluntad de enaltecer y dignificar la fantasía a raíz de tus lecturas, vinieron mucho después. Creo que el asombro llegó al descubrir, entre tus páginas, que tú dabas importancia a las mismas cosas que yo. Cosas que, por otra parte, no parecen importar demasiado hoy en día o, peor aún, son “para niños”. Tú, con tus palabras, fuiste capaz de remontarte a las raíces de mi infancia y dar sentido a tantas horas embelesadas ante libros de cuentos; a tantos momentos absorta en la cama sin dormir, fabulando por fabular; a tantas expediciones a la bolsa de los trapos viejos en busca de disfraces para ser otra yo y vivir en otro mundo.
¿Sabes? De pequeña soñaba con que en alguna parte existiera un libro de cuentos que nunca acabase; que cada noche, al abrirlo, apareciese una historia nueva y desconocida tendiéndote los brazos. Sólo en la época en que comencé a leerte me di cuenta de que todo aquello era mucho más profundo de lo que una sociedad mojigata y de doble moral quería hacernos creer. De que los cuentos, la fantasía, no eran un mero producto poblado de hadas, trasgos y elfos para tenernos un rato entretenidos. De que el bosque que yo anhelaba, y me aterraba a la vez, estaba dentro de mí, y de los padres de mis padres, de todos los padres de nuestros padres.
¿Sabes? De pequeña quería ser mayor. Como todos los niños, supongo; me refiero más bien a que quería leer libros cada vez más difíciles, discutirlos con adultos cultivados. Sólo ahora, cuando he crecido, me he dado cuenta de mi error; sólo ahora soy capaz de comprender que es imprescindible conservar algo de infancia dentro para percibir esa parte de la realidad tan inasible y tan importante para que vivir no sea poco más que comer, beber, respirar, ascender socialmente, comprarse cada vez mejores cosas. Vivir de manera más auténtica, en resumen. Esa parte tan difícil de explicar y que tú haces aparecer ante los ojos como si hubieras sellado un pacto con la niña que fuiste –que eres- para que nunca te abandone; para que, a través del cristal azul de los ojos de tu muñeco Gorogó, del cristal azul de Ardid, puedas ver las cosas en toda su belleza y toda su crueldad.
En realidad, no pasa tanto tiempo desde la infancia; yo desde luego recuerdo cosas de la mía con absoluta nitidez. No hablo del recuerdo en sí, sino a lo que pensaba cuando lo llevaba a cabo, a las motivaciones de mis miedos y mis juegos. Fui una niña miedosísima, a diferencia de ti, que te refugiabas en la oscuridad del cuarto de castigo y hacías saltar chispitas de los terrones de azúcar; que encaraste los ojos amarillos del Demonio con tus propios ojos en lo profundo del Bosque. Quiero creer, sin embargo, que el miedo es una forma también de perseguir el misterio, de no olvidar nunca ese Bosque-Encrucijada, donde van a parar todas las invenciones que están dentro de uno.
Inventar te salvó a ti, Ana María, como me salvará a mí y a otros tantos, locos y cuerdos. Inventar como forma de vivir, con la cabeza y con las manos. Eso tú lo tuviste claro durante toda tu vida, en forma de pequeños pueblos e inverosímiles joyas, con el Mediterráneo de fondo, pero siempre pensando en el Norte que es, como todo el mundo sabe, de donde vienen los cuentos. Yo lo intento, Ana María, por las intuiciones que siento aquí dentro. Intento que mi propia vida no me aplaste; volver a las páginas, las historias y las manos cuantas veces haga falta. Soy débil y continuamente me impongo excusas –obligaciones, cansancio- para no hacer lo que realmente ansío (son increíbles las trampas que nos tendemos a nosotros mismos, como si nuestro adulto interior reprimiese a nuestro niño continuamente). Tal vez sea que me da miedo, ojalá no sea que me da pereza. A pesar de todo, deseo humildemente hacer una mínima parte aunque fuera de lo que tú has hecho: revelar lo visible y lo invisible, lo bello y lo terrible, revelarnos a nosotros mismos y nuestra sed insaciable de historias para aprehender el mundo, para aprehendernos a nosotros.

No me entristece tu partida, Ana María. Sigues aquí, tu necesidad de inventar hizo que destilaras toda tu preciosa esencia para nosotros, para que permanezca aquí una vez que te vas. Sólo me entristece no haber podido decirte estas palabras cuando vivías, cuando más necesarios son los homenajes. Ahora no es momento para las mismas. Ahora es momento de que tu Isla parta, de que galopes libre por la Estepa, como siempre soñaste. De que descubras, al fin, el secreto que alberga y que hace a los hombres matar, morir, avanzar… y contar historias.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Ilustración de Hay una araña en mi clavícula.






Ilustración inspirada en el poema Hay una araña en mi clavícula, de Sara Herrera Peralta, incluido en el  excelente libro del mismo nombre :)


Hay una araña en mi clavícula.
Una araña grande que lo invade todo,
el mar y los huecos,
la tierra,
el apartamento.
Hay una araña en mi clavícula.
Y me cubre.
Y me protege.
Porque todas las madres
han sido miedo, amor, herida, lucha y
tierra.
Hay una araña en mi clavícula.
Porque todas las madres han sabido
cuánto pesa una muerte,
cuánto mide el olvido.
Y sin embargo, esperan.

viernes, 5 de octubre de 2012

París. Y los cuadros de Chagall. II



Cuántas veces he hablado de la perfección de la víspera, del momento de la feliz espera, del pasillo con los regalos de reyes intactos, con el universo encerrado en ellos antes de que se materialicen en una sola e imperfecta forma. No hay bendiciones suficientes para momentos de gozosa espera como el de hoy en los que además hay un guiño en el tiempo y en el espacio, en la vida y en la escritura.
París se ha hecho ya real, muy real. Y ha querido la suerte sonreírme esta vez y rodear de calidez mi estancia; la de las personas y la de la apabullante belleza de la ciudad, sea cual sea el concepto que se tenga de ella. Y frente a mí se extiende París longitudinalmente en la galería. Y frente a él, Chagall. Les mariés de la Tour Eiffel flotan en el éter con la ciudad entera, el sol, el ángel, la cabra violinista. Temía un París sin Chagall y ahí está, para que lo recuerde, para que aproveche la bonanza de dos de los mejores meses de mi vida. Para que revolotee también en torno a la Torre, sobre la galería de cristal, con la promesa del amante junto a mí pronto, muy pronto, mejor así que cuando se haya pasado en un suspiro. Y llega la emoción siempre arbitraria. Le da por llegar frente a este cuadro, y me tiene allí atrapada, con la garganta temblando. Por suerte, la oportuna llegada de japoneses hambrienos de fotos disuelve el momento. Y París se resigna a su destino de eterna reinterpretación a golpe de Polaroid.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Stairway to heaven


 


Tu mentón, tu cuello, tu pecho.
La sima de la que no
quiero salir.
Mi mirada es atisbar
movimientos de sombras que no existen.
Un rabillo del ojo sin aliento
por temer lo que no ve.
Pero aquí dentro, palpitando yo contigo, puedo evocar
la melodía, aquélla que trae las risas
al largo esperar del bosque.
To be a rock and not to roll.
O sí, rodar en el camino, más sombra que alma,
para volver y que haya
un solo sentido.
Y que no me haga falta ni calor ni amanecer,
ni que oro sea todo aquello que
reluce.
Porque tu pecho y cabellos me envuelven como esa flauta
que cree revolotear
entre árboles del bosque.
Para mí no hay más luz ni peldaños de aire
que prenderme a tu canción, una hoja más.
Y que todo sean notas, que todo sean esas notas,
y el desear -aunque sólo el deseo exista-
 eterna la espera en tu cuerpo
al acorde final de la luz y el resplandor.

jueves, 21 de junio de 2012

Ceci n'est pas une pipe.



Sólo sé escribir en la tristeza, sólo me salen palabras cuando la zozobra me agarra y ahoga, y no suelta, hasta que la pongo en imágenes como una catarsis, más bien como una amputación. Pero cuando te tengo como ahora, no se me ocurren más que frases encorsetadas, no sé decirlo de otra forma que el resto de mortales. Y me enrabieto por ello, porque no es menos auténtica la felicidad que las desgracias. Y sin embargo no sé describir lo que es que me recorras, que me asaltes, que te entregues a mí. No acierto con la imagen de tu cuerpo abrazado con fuerza, sudor, bloques soldados, asidos. No encuentro el posarse de tus labios, tu forma de mirarme en momentos como ese, cuando mi cuerpo es bello por deseado. No abarco la luz, la belleza que irradian tus líneas sin saberlo; y me duele recordarlo, por pensar que puede caber tanta perfección en un momento. Sospecho que todo te lo quedas tú, a cambio de tenerte, que sólo podré yo poseerlo el día que te pierda. Y me niego a hacerlo, como si no hubiera habido ya suficientes partos literarios en el mundo. Así que tendrás que quedarte con palabras vulgares, comunes, porque esta vez no me resigno, y desisto de encerrarte en el presente inmutable, e inasible, de una imagen.

jueves, 31 de mayo de 2012

The four Horsemen.

Sabes que estás ante dioses cuando la masa calla, sujetando el barullo anterior en una tensión que tiene minutos y segundos concretos. Porque cuando acaben aquellas notas sabiamente escogidas, aquella imagen que le mete a uno directamente en la épica, estarán ellos ahí. Entonces uno quiere que acaben y que no acaben esos compases, quedarse ahí, flotando en el momento.
Pero los dioses llegan, y sus adeptos se deshacen en una oleada de amor infinito. Los dioses son piadosos y no se olvidan de ellos, los dioses saben lo que ellos quieren. Se dejan ver en las alturas con sus instrumentos que todo lo pueden, porque cada respiración del acólito está en función de ellos. Pero también se acercan, parecen caminar sobre la masa, dejan que casi casi los toquen. Saben que se deben a ellos porque sin ellos no serían dioses. Ellos son los que pagan su divinidad. Y ahí están, como los cuatro elementos, o los cuatro puntos cardinales; cada uno en su universo y, a la vez, tocándose. El pulso telúrico, el cabalgar lento y poderoso del bajo, agarrado a la tierra; el trono multiforme de bombos, platos y pedales; el látigo grácil y llameante de la guitarra; y la voz, que une a la masa con lo que siempre habían soñado.
Los dioses saben de los gustos del adepto, emplean todos los poderes para su mayor gloria. Conocen el poder de la música y lo manejan a su capricho para tener el corazón de sus fieles en un puño. No escatiman luz, ni fuego, ni tecnología que permita ver hasta la más mínima gota de sudor. Porque los dioses también sudan y quieren recordar, con su indumentaria, que ellos también fueron simples adeptos en su día, muchos eones atrás.
Si los dioses fueran altivos, distantes, reinarían sobre el temor, y no sobre los corazones. Permanecería cada uno en su divino fulgor, sin esos gestos de complicidad que despliegan uniendo sus talentos. Pisotearían a la masa en vez de caminar sobre ella. No se apagarían las luces y permitirían ver sus humildes figuras, agradeciendo al acólito el honor de haber compartido el milagro, de participar en la leyenda. No lo harían por temor a que, en esas circunstancias, los abandonara su divinidad. Pero estos dioses parecen negarla sin reñirse por ello con el espectáculo, con la epifanía. Parecen negarla y abrazan al aire en un abrazo colectivo en el que ellos son la masa y la masa son ellos. Y los adeptos olvidan que están bajo el despliegue hipnotizador de la música, que sabe ser visceral y profunda, y abandonan el templo convencidos de haber rozado el éxtasis, de haber estado más cerca de  lo sobrenatural de lo que nunca han podido estar en su vida.



martes, 22 de mayo de 2012

Orteguiano (poema de long time ago...)




Prefiero guardarte así, como yo
sin circunstancias;
como la eterna posibilidad de lo que pudo haber sido,
como el instante de contemplar
el regalo aún envuelto.
Porque tú en las circunstancias
habrías sido simplemente
lo que eres, te habrías cubierto
de arena y polvo,
ése que va atascando engranajes de rutina,
hasta que un día todo se acaba porque es gris y monótono
y ya no tiene luz.
Así que en mí no serás tú,
sino lo que tantos otros aspiran a ser
un día en alguien.
Y tendré la maldad,
para ti y para mí misma
de que jamás sepan que lo que una vez soñaron
entre letras
existe entre la carne.

domingo, 6 de mayo de 2012

París. Y los cuadros de Chagall.




-¿Que pintemos un mural?
-Un mural, sí. En grupos. He traído varias postales de Chagall.
Y así empezó todo, en una clase de plástica de secundaria.
Ahora vuelvo a estar frente a un azul de Chagall. Porque Chagall, en su sabiduría omnicromática, es dueño y señor de los azules. Bueno, quizás también de los rojos, viendo el circo de ese color que está un poco más allá.
París. Entre dos orillas. Se titula el cuadro. París con un dejo de angustia, aunque el cuadro sea azul. Lo que más me fascina de Chagall es su capacidad para hacer que sea imposible percibir la totalidad de los detalles en cualquiera de sus cuadros. Como un ser vivo, se transforman al ser vistos. Lo que parecían lineas, vagos contornos en la densidad onírica de su atmósfera, acaban siendo pequeñas figuras, casitas, planetas. Mundos dentro de otros mundos, y así hasta el infinito.
Decía Matisse que el objetivo de su pintura era servir de descanso visual y mental tras la dura jornada de trabajo del obrero. Una especie de sofá anímico. Chagall provoca en mí ese efecto, como una zambullida. Hay un detalle en la parte inferior del cuadro, un simple puente con siluetas de árboles muy desdibujadas -ni se aprecia al alejarse un poco- que, no sé por qué, me llena de tranquilidad. Tal vez sea el horizonte en el campo de alguno de mis días. No lo sé, porque ahí está París ocupando el primer plano. Dan hasta ganas de irse al París que pinta Chagall. Intento que permanezca así en mi mente el azul del Sena, el azul de los Campos Elíseos, el azul de Notre Dame. Los recito en la cabeza como un mantra para cuando París sea el París de verdad y no el de Chagall. Para cuando intente distinguir en su cielo gallos, lunas, gárgolas, cabritas. Y amantes, discurriendo por la pintura como el Sena. Amante que me va a faltar cuando esté allí. Que me faltará su mano, su calor, sus caricias, su presencia, su luz. Su luz que ahora no escribo. Será tan grande la oscuridad cuando ella falte que trataré torpemente de hacerla volver a mí con palabras, frías. Miles de nimiedades que, por próximas y alcanzables, pasan ahora desapercibidas a mi razón, allí crecerán angustiosamente, y trataré de ahogarlas con una hoja de papel.
Me dicen que es hermoso estar triste en París. Las cabritas de Chagall nunca están tristes, Chagall fue feliz allí. Yo estaré triste y volveré, y conmigo mis tristezas que, quieran los dioses, acaben flotando azules, pequeñitas y juguetonas, en un cuadro de Chagall.

sábado, 18 de febrero de 2012

Ilustración a En ausencia de símbolos



Otra ilustración para un poema de Ana Gorría, Fénix de los Ingenios 2.0 ^^






En ausencia de símbolos:




la voz en su mediana incandescencia




así




la lejanía




leve espiral de sol



vientre



llanto








decir es lo que duele.



martes, 31 de enero de 2012

Umbilical

Aquí os dejo mi ilustración para el poema Umbilical, de Ana Gorría. En la revista Incendios coming soon ^^:


Si estación transparente resuelta en luz herida,


lento espacio sin voz


abriéndose a la tierra.


Canción hasta el dolor, sueño de cal:


ardiendo,


qué hilo no nos separa de la nada.















domingo, 19 de diciembre de 2010

Frío


Fría. La cama está fría.

Frío. Frío está el aire que toco

al asomar los dedos.

Fría el agua que se escurre

cuando tiendo las zozobras,

frío el blanco del lavabo.

Frío el latir insomne,

único sonar de noche.

Frío el ojo eternamente solitario.

Fría la risa, frías las lágrimas.

El infierno tiene que ser frío.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Insania


Como un péndulo de acero irrefutable
me pesa
un poco más bajo que la garganta
el mecanismo estéril de segundos
baldíos
por pasar.
Como un abismo extiende
la llanura
su sonrisa de triunfo
inamovible
en su eterno, exultante sin pena ni gloria.
Quién te mandará tocar
el espejismo de savia
que pende como una gota
que es caer y extinguirse a la vez.
Creíste -sonrisa de una vez más-
que la vida de una hoja
extraviada
puede ser la raíz que te taladra
en un continuo amenazar de nuevos brotes
tiernos.
Ríes, ríes infinitamente
de rodillas en el abismo;
ríes por la facilidad con que el fluir latente
aún te engaña.
Hastías con tu verso, siempre el mismo.
No finjas algo bello y echa a andar.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Catching the night


bueno, no todo van a ser lloriqueos. Aprovecho para colgar mi primer trabajillo un poco decente en fotochop ^^

lunes, 6 de septiembre de 2010

Y de qué sirve decirlo


¿Y de qué sirve decirlo?

Tu superficie, mi superficie

están tranquilas.

¿Y de qué sirve decirlo?

Más allá del bruñido espejo

las libélulas se ahogan

en aguas envenenadas.

¿Y de qué sirve decirlo?

Olvidaba que tu cauce

se secó hace ya tiempo

y los pájaros descansan

en su lecho último de cieno

para siempre.

¿Y de qué sirve decirlo?

nada más...

yo sola me tragaré toda

toda esta ponzoña.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Lo de después


Música, más música.

Música que tape en su estridencia

el clamor de las últimas heridas,

el clamor de la última derrota.


Un pie en el vacío que se extiende hasta los últimos confines

tras el polvo y la batalla.

Otro asido por las garras de cadáveres de sueños

engañados por recuerdos,

que creyeron ser reales,

imbatibles.


Clama la fosa abierta y su estertor es dulce,

hipnotiza al aire

me hipnotiza por dentro.

Me hace hincar la lanza en tierra, jurar

con alarido firme que será

el último poema que te escriba

(cuando ni siquiera yo

me lo creo).


Y me río

de mi armadura tomada de orín,

con las piezas cada una diferente,

abolladas una

y mil veces.


Ruido, sólo me queda el ruido que rellene

con su explosión de zarzas lo que es nada,

con sus luces fatuas lo que es nada,

con su espinosa carcajada eterna lo que es nada.

jueves, 8 de julio de 2010

Lo que nunca me dijiste (aborto de relato)


Accediste casi de inmediato, no fue difícil convencerte. Una vez que superaste la timidez inicial y me sonreíste sin que el recelo huyera por completo de tu mirada, me acompañaste desde el garito directamente a mi cama. Y allí sí que no pusiste demasiados remilgos. No parecías tener demasiada experiencia, pero lo compensabas con tu voluntariedad. A saber cuánto hacía que no habías podido tener tema... Nunca te quejabas, y apenas conseguía sacarte alguna palabra. Dabas un sí o un no por respuesta a mis parrafadas, y cuando te expliqué que aquello no podía ir a más, todos mis proyectos, te limitaste a asentir y bajar la vista. En verdad eras una tía rara... te guardabas todo para ti; me mirabas queriendo decir mil cosas y no decías ninguna; no tenías rabia dentro, no sabías enfadarte... a veces me exasperabas. Me daban ganas de golpearte o de decirte algo hiriente de verdad, para que de una vez reaccionases. Pasabas olímpicamente de discutir cuando estábamos en desacuerdo, y te limitabas a mirarme con una expresión de no tiene ni puñetera gracia ante mis pullas. Hablando te mantenías siempre a la defensiva, y físicamente volvías en ocasiones a la tensión y la timidez, como si mi presencia te impusiera. A veces llegué a pensar que te inspiraba una suerte de temor extraño. Siempre te colocabas al lado -nunca te quejaste de que pusiera peli, fútbol, música o tele -quieta, distante, a la espera de un mínimo atisbo de caricia por mi parte para dar las tuyas sin reservas, para mendigar un poco más. Tu mano sobre mi espalda acababa muriendo por el hastío. Lo mismo en la cama. Te movías inquieta a veces, como esperando algo. Pero yo ya estaba lejos de eso, muy por encima de eso. No sabes lo que yo fui, nena, hace tiempo que agoté toda ansia en cualquier sentido posible. Pero tú eres aún muy joven para entenderlo... si te parece bien lo que hay lo tomas y si no lo dejas, pero sigo siendo total y absolutamente libre. Creo que me lo he ganado después de tragar tanta mierda.

lunes, 5 de julio de 2010

...et in pulvere.


Me inquieta limpiar el polvo la última vez. Es como si con él se confirmara oficialmente el desvanecimiento de tantas cosas. Dejo que los recuerdos se me amontonen, son un veneno dulce que acentúa aún más mi sopor en esta tarde densa y pegajosa, en la que me siento atrapada como una mosca moviendo torpemente las patitas dentro de una gota de resina. Acuden las imágenes, no las sensaciones. Es difícil, las más desgastadas pertenecen a un invierno muy remoto del que el calor parece estarse burlando cuando trato de que vuelva a mí. Recuerdo las horas turbias de penumbra, tan añoradas, en cuyo silencio sólo se oía cerrarse la puerta de la entrada. Fueron horas agridulces, como la práctica totalidad del curso. Había amargura en ellas, melancolía por supuesto; pero también había algo más, la sensación de estar viviendo, el intento por apurar hasta el fondo los besos traicioneros de la realidad. Y eso, la sed de aventuras de desacompasada adolescencia, se imponía sobre todo lo demás. La turbiedad quedaba muy bien oculta de cara a la galería con el barniz de lo que realmente me gusta. Puesto a tener que ocultar todo lo demás, darle una adecuada envoltura hacia el exterior y hacia mi propia mente para no volverme loca, es ésta la mejor elección. He sido realmente feliz entre apuntes como hacía tiempo que no lo era. Me he reconciliado en parte con la soledad aunque los fantasmas, al fin y al cabo, sigan siendo los mismos. En realidad no hay verdaderos deseos de desprenderse de ellos, a la vista del páramo desierto y desolador que es el verano inmediato. Sé que debería deshacerme de ellos, que no es sano, pero en realidad no sé cuál de las dos cosas me está matando más. Echo una nueva -eterna- mirada al cuarto de estar, buscando como siempre un resorte que no encuentro. Una vez más, se me olvida que el espacio se escurre con el tiempo. El polvo queda suspendido y con él se desintegran en el aire tantos ruidos, tantos cosquilleos de euforia... la gente que tan importante ha sido se desvanece en el pesar por lo perdido como sombras.

martes, 29 de junio de 2010

Déjà vu


Hubo un tiempo en el que tenía claro que no había nada comparable a la espontaneidad de la sorpresa, a la frescura y la ilusión de la primera vez. Decididamente, ese estímulo creativo era insustituible. La cantidad de sensaciones y sugerencias que se agolpan en la cabeza ante la contemplación de un lugar que nunca antes se ha visto, quedar envuelto por ese espacio... no había lugar a dudas; mis recuerdos contaban con una buena colección, y se situaban con bastante ventaja entre los más productivos. Siempre reconforta revivir esa sensación contemplando la mirada de alguien que ve lo que nos resulta sobradamente conocido sin referencias, sin prejuicios. Mi buena amiga Elisa dice que todo aquel nacido en Hispanoamérica tratará, si está en su mano, de viajar en algún momento a Europa. La razón es tan sencilla como el querer constatar que los lugares de los cuentos, los paisajes de los cuadros que han formado las imágenes a las que la mente acude una y otra vez, en realidad existen. No creo que pueda imaginar el choque que supone el toparse con una realidad tan abrumadora. ¡Claro! -dice ella, y la imagen me conmueve- sólo aquí en Europa los patos tienen la cabecita verde y un collarín, porque son los patos de los cuentos. Y de pronto uno ya no sabe si vive en lugares que inspiraron cuadros y cuentos o si vive en cuadros y cuentos que viven a su vez en la mente del otro... poco importa si eso supone leer los poemas, detenerse a mirar las flores o cosas que resultaría ridículo hacer en el lugar donde has pasado tantas horas de iluminación y de desidia. Sin embargo, algo cambió esta vez. Al contemplar la Laguna Negra, la niebla sobre las balconadas de madera, aquellas libélulas planeando sobre el color imposible de la Fuentona, entendí que "de cuento" era algo más que un recurso literario facilón. Me vi en un tiempo inmersa en aquellos escenarios como algo natural. Entendí que escribiera lo que escribía, y por qué no podía escribir lo mismo ahora. Traté de hacerme consciente de todo lo que había ido surgiendo en medio para contemplarlos -para contemplarme- con semejante distancia. Sí, allí estaban, causándome una impresión que no podía diferir mucho al de contemplarlos por primera vez, haciendo ver como inverosímil el que alguna vez los hubiera tenido cerca. Allí estaba esa impresión de contemplar lo familiar con una tabula rasa en los ojos, ese agolpamiento de sensaciones, tan ansiado, que obnubila los sentidos... y por primera vez también me di cuenta de lo ajeno que me resultaba todo, precisamente por ese deslumbramiento. Y me cuestioné, no sin pasmo, que tal vez fuera discutible la primacía de lo inusitado, a cambio de que todos aquellos espacios volvieran a resultarme algo más habituales, con el polvillo de lo prosaico si es necesario, pero que fuesen, como en su día lo fueron, un poco más míos.

sábado, 19 de junio de 2010

Camisetas pintadas 2





A falta de creaciones dignas y mínimamente más alegres que los últimos lloriqueos, sigo subiendo la colección xD

jueves, 3 de junio de 2010

Pothos


Te deseo en la mañana.
Luces que revolotean como polillas en las hojas
a través del balcón;
y el sillón que no me dice nada
porque ya no es el mismo
que el sky satinado al que intento sentir todavía.
Lenta y sutil, como los pasos de araña,
la penumbra se ahoga en el sopor.
No sé si es la penumbra de ahora o una lejana
la que acaricia mis ojos entreabiertos.
No quiero saberlo.
Sentir, sólo sentir sin recordar
cuando no vivo más que de recuerdos.
En la otra habitación esperan
cuencas de mármol vacías, el Mediterráneo
-luz entre columnas primigenias.
Pero yo estoy atrás, muy atrás
estancada
abriendo los ojos en las aguas
de lo que No Puede Ser Más.
Lejos, muy lejos y nunca;
quiero volver o al menos quiero
quedarme aquí.